México, sólo en la mira

Por Karina A. Rocha Priego

La retórica dejó de ser un recurso de campaña

Durante años, las amenazas de Donald Trump contra México fueron interpretadas como parte de su estrategia política, útiles para fortalecer su discurso interno y alimentar el debate migratorio y de seguridad, hoy el contexto es distinto, el regreso de Trump a la Casa Blanca convirtió aquellas promesas en una política de Estado, con funcionarios alineados bajo una visión que considera a los cárteles mexicanos como organizaciones terroristas comparables con ISIS o Al Qaeda, una definición que cambia por completo el terreno diplomático y estratégico.

La diferencia ya no radica únicamente en el lenguaje, sino en las decisiones institucionales, Washington ha creado una estructura política, militar y de inteligencia cuyo objetivo consiste en tratar al crimen organizado mexicano como una amenaza directa para la seguridad nacional estadounidense, con implicaciones que hace apenas unos años parecían impensables.

En ese escenario, México enfrenta un problema mucho mayor que una disputa bilateral, enfrenta una pérdida gradual de capacidad para controlar la narrativa internacional sobre su propia seguridad.

Los halcones ganan terreno

Stephen Miller representa hoy la voz más dura dentro del círculo cercano de Trump, su mensaje ha sido consistente, sostiene que los cárteles sólo pueden ser derrotados mediante el uso del poder militar y no exclusivamente mediante procesos judiciales, además ha equiparado públicamente a estas organizaciones con grupos terroristas internacionales, afirmando que constituyen una amenaza para la democracia estadounidense.

Esa postura encuentra eco en responsables de inteligencia y seguridad que han endurecido la política antidrogas estadounidense, la lógica de este grupo resulta sencilla, si Washington considera terroristas a los cárteles, entonces también justifica utilizar herramientas reservadas históricamente para combatir organizaciones extremistas.

No significa que una intervención militar unilateral sea inminente, tampoco existe evidencia pública de que Estados Unidos haya decidido invadir territorio mexicano, pero sí significa que las opciones militares forman parte de las discusiones estratégicas estadounidenses y que la presión sobre México continuará aumentando.

La diferencia entre discutir escenarios y ejecutarlos sigue siendo enorme, pero ignorar que esos escenarios existen sería un error político.

Sin embargo, entre la designación de los cárteles mexicanos “como terroristas” y el anuncio de la llegada de las fuerzas estadounidenses a México ha pasado un largo tiempo sin que se vean resultados.

Resultados del Gobierno de México en el combate al narcotráfico y el cumplimiento del gobierno de Trump de enviar a “sus tropas” a combatir a lo que las autoridades mexicanas le temen.

Ninguno de los dos gobiernos ha hecho lo que le corresponde ni lo que ha prometido, por lo que el pueblo de México ve con desánimo el que algún día este país recobre la seguridad y la libertad que tanto ansía.

Promesas van y vienen, quedando claro que tiene más peso -en ambos países- el peso político que la seguridad ciudadana.

La diplomacia intenta contener la crisis

Mientras tanto, los sectores más duros empujan una política de confrontación, otro grupo dentro del gobierno estadounidense mantiene una estrategia más institucional, figuras como Marco Rubio y otros integrantes del aparato diplomático han insistido en fortalecer la cooperación bilateral antes que abrir un conflicto directo entre ambos países.

No es casualidad que continúen las reuniones de alto nivel en materia de seguridad, tampoco resulta casual que México haya incrementado extradiciones y operaciones contra objetivos prioritarios, ambas administraciones necesitan mantener algún nivel de coordinación para evitar que la relación bilateral entre en una espiral de confrontación permanente.

Sin embargo, la diplomacia enfrenta un límite evidente, cada vez que desde Washington surge una nueva acusación sobre presuntos vínculos entre autoridades mexicanas y el crimen organizado, el margen para sostener un discurso de cooperación se reduce significativamente, el propio Gabinete de Seguridad mexicano ha rechazado públicamente esos señalamientos por considerarlos carentes de sustento.

El mayor costo es la credibilidad

Más allá de las diferencias ideológicas, existe un problema imposible de ocultar, México llega a esta etapa con una enorme debilidad institucional.

La violencia sigue afectando regiones completas, los grupos criminales mantienen capacidad financiera, territorial y armada, mientras las investigaciones sobre posibles redes de corrupción continúan alimentando sospechas tanto dentro como fuera del país.

Cada expediente inconcluso, cada caso de impunidad y cada funcionario señalado debilitan la posición diplomática mexicana, porque permiten que desde Washington se fortalezca la narrativa del llamado “narcoestado”, independientemente de que esa caracterización resulte discutible o políticamente interesada.

El problema para el gobierno mexicano no consiste únicamente en responder con discursos sobre soberanía, consiste en demostrar mediante resultados verificables que las instituciones conservan el control efectivo del territorio y del Estado de derecho.

La soberanía también exige eficacia

Claudia Sheinbaum ha reiterado que México no permitirá operaciones militares extranjeras en territorio nacional y ha defendido la cooperación basada en el respeto mutuo, una posición respaldada por principios constitucionales y por una larga tradición diplomática mexicana.

Pero la soberanía no puede sostenerse únicamente mediante declaraciones políticas.

La mejor defensa frente a cualquier presión externa sigue siendo un Estado fuerte, con instituciones confiables, fiscalías eficaces, policías profesionales y gobiernos capaces de combatir al crimen organizado sin depender de amenazas provenientes del extranjero.

Cuando la percepción internacional comienza a instalar la idea de que otro país podría resolver un problema que corresponde exclusivamente al Estado mexicano, el daño rebasa la política exterior y alcanza la credibilidad misma del gobierno.

Ahí radica el verdadero desafío.

Porque mientras Washington endurece su estrategia y multiplica los mensajes de presión, México sigue atrapado en una discusión interna donde los resultados todavía no alcanzan para desactivar las dudas.

Y en política internacional existe una regla que nunca falla, los vacíos de autoridad rara vez permanecen vacíos por mucho tiempo, siempre aparece alguien dispuesto a llenarlos.

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