Por Karina A. Rocha Priego
México enfrenta en 2026 uno de los episodios más delicados en materia de salud pública de los últimos años, el brote de sarampión que se arrastra desde finales de 2025 ya acumula más de nueve mil casos confirmados y al menos 31 defunciones, según reportes difundidos por la propia autoridad sanitaria, la conducción de la crisis recae en la Secretaría de Salud y en el titular del sector, pero más allá de los discursos de control y de las conferencias optimistas, lo que hoy se impone es una pregunta incómoda, ¿se está diciendo la verdad sobre las vacunas.
El juego de los números
Desde Palacio se repite que se adquirieron 28 millones de dosis contra el sarampión, la cifra se presenta como prueba irrefutable de previsión y eficiencia, sin embargo el dato exige una revisión técnica básica, cada paciente debe recibir 0.5 mililitros del biológico para completar la aplicación correspondiente, si se habla de 28 millones de vacunas en términos volumétricos la equivalencia matemática llevaría a 140 millones de aplicaciones individuales (lo anterior, debido a que los frascos que otorga el sector salud, cuenta con 50 mililitros, de los cuales, deben aplicarse .5 mililitros por persona, lo que equivale a 10 vacunas por frasco), lo cual implicaría una cobertura histórica sin precedentes recientes.
Pero ahí es donde surgen las inconsistencias pues, fuentes del propio sector salud han deslizado que, en realidad, la compra habría sido cercana a 20 millones de vacunas y no 28, la diferencia de ocho millones no es menor en medio de un brote activo, más aún cuando la narrativa oficial pretende transmitir suficiencia absoluta, si el volumen real es inferior entonces el margen de maniobra también lo es, y la planeación queda en entredicho.
La confusión entre dosis, frascos, mililitros y esquemas completos no es un tecnicismo me-nor, es el corazón de la transparencia en salud pública, porque una cosa es anunciar millones de dosis y otra muy distinta es garantizar esquemas completos con estándares de calidad y conservación adecuados, cuando la aritmética no cuadra la confianza pública se erosiona.
Frascos, mililitros y prácticas cuestionables
Otro elemento que ha comenzado a circular en clínicas y brigadas es todavía más delicado, se habla de frascos multidosis de 50 mililitros de los cuales, según testimonios de personal médico, estarían vacunando hasta 15, 20 o hasta 30 personas, el planteamiento despierta dudas inmediatas, si cada aplicación corresponde a 0.5 mililitros un frasco de 50 mililitros (que es el dotado por el Sector Salud) debería alcanzar teóricamente para 10 aplicaciones, no para 20 o 30 como lo han venido aplicando los enviados del sector a centros de salud públicos, lo que abre dos posibles escenarios igualmente preocupantes, o existe un desperdicio inaceptable del biológico o las cifras de rendimiento están siendo manejadas con opacidad.
Cualquiera de las dos hipótesis golpea la credibilidad institucional, en plena crisis sanitaria no puede haber espacio para improvisación ni para narrativas infladas, cada frasco, cada mililitro, cada aplicación debe estar documentada y auditada, la población no puede depender de versiones contradictorias mientras el virus sigue circulando en comunidades vulnerables.
El sarampión no es una enfermedad menor, es altamente contagioso y su capacidad de propagación se dispara cuando la cobertura de vacunación cae por debajo de los niveles óptimos, la propia Secretaría de Salud ha reconocido transmisión activa en varios estados, sin embargo, la estrategia comunicativa parece centrarse más en defender cifras que en aclarar dudas técnicas.
La confianza como vacuna
En cualquier campaña de vacunación masiva el insumo más valioso no es solo el biológico sino la confianza social, cuando el gobierno presume 28 millones de frascos de vacunas, pero voces internas hablan de 20 millones, cuando se asegura suficiencia, pero hospitales reportan ajustes en la aplicación de frascos multidosis, el mensaje que recibe la ciudadanía es de incertidumbre.
Y la incertidumbre es terreno fértil para la desinformación, en un país donde el esquema completo de vacunación infantil ya había mostrado rezagos en años recientes, inflar números o manejarlos con ligereza puede tener consecuencias devastadoras, la credibilidad no se recupera con boletines sino con datos verificables y auditorías independientes.
El argumento oficial sostiene que la meta es frenar la transmisión y proteger a la población entre seis meses y 49 años que no cuenta con esquema completo, la intención es correcta, pero la ejecución debe ser impecable, no basta con anunciar millones si no se transparenta cuántos frascos llegaron, de qué laboratorio provienen, cuántas aplicaciones reales se han realizado y cuál es el inventario actualizado por entidad.
Política antes que salud
Lo más grave es que el manejo de las cifras parece responder más a la lógica política que a la sanitaria, en un año donde la narrativa gubernamental busca consolidar imagen de control y eficiencia, reconocer que la compra fue menor o que el rendimiento de los frascos no coincide con lo anunciado podría interpretarse como debilidad administrativa, pero ocultarlo o maquillarlo es aún peor.
El brote de sarampión debería ser tratado como lo que es, una emergencia epidemiológica que exige claridad total, cada vida perdida es una evidencia de que el margen de error es mínimo, si de verdad se adquirieron 28 millones de dosis la autoridad debe demostrarlo con contratos, facturas y distribución detallada, si en realidad fueron 20 millones la población merece saberlo, si los frascos de 50 mililitros están siendo utilizados de manera irregular se requiere explicación inmediata.
La salud pública no puede convertirse en instrumento de propaganda, los números no son eslóganes y los mililitros no son discursos, mientras las cifras bailan en conferencias y comunicados, el virus no espera, contagia, hospitaliza y en algunos casos mata.
México necesita certezas, no triunfalismos, necesita transparencia, no aritmética acomodada, porque en una campaña de vacunación la única exageración admisible es la del esfuerzo, no la de los números, y cuando se juega con cifras en medio de una epidemia, lo que se pone en riesgo no es una estadística, es la vida de millones.
