* El Estado de México, atrapado en lo inmediato……
Por Karina A. Rocha Priego
La rutina del sobresalto
En el Estado de México, la noticia dejó de ser el hecho extraordinario para convertirse en una repetición incómoda, casi predecible, la violencia irrumpe un día sí y otro también, ya sea en forma de balaceras a plena luz del día o ataques armados que ya no sorprenden, apenas inquietan por unas horas antes de diluirse en la siguiente tragedia y lo verdaderamente alarmante no es sólo la frecuencia, sino la normalización, pues la sociedad ha comenzado a convivir con el sobresalto como parte de su rutina.
La reacción institucional, por su parte, sigue atrapada en la lógica de la inmediatez: operativos reactivos, declaraciones que prometen investigaciones y un discurso que insiste en minimizar el impacto, cuando la realidad desborda cualquier narrativa oficial y cada hecho violento no resuelto, cada caso que se archiva en la memoria colectiva sin consecuencias visibles, alimenta la percepción de abandono y esa percepción, tarde o temprano, se convierte en certeza.
El aire también asfixia
Como si la inseguridad no fuera suficiente, el deterioro ambiental se ha consolidado como otro frente de crisis permanente; la mala calidad del aire en la zona metropolitana no es una excepción; es una constante que obliga a activar contingencias con una frecuencia preocupante y las restricciones vehiculares se aplican, sí, pero sin atacar de fondo el problema: la falta de planeación urbana, el crecimiento desordenado y la ausencia de políticas ambientales eficaces.
El ciudadano carga con las consecuencias mientras las autoridades administran el problema sin resolverlo, se limitan a medidas temporales que funcionan más como paliativos que como soluciones estructurales mientras la contaminación no sólo afecta la salud, también evidencia una incapacidad crónica para anticipar y gestionar riesgos y, en este contexto, respirar aire limpio se ha vuelto un privilegio ocasional, no un derecho garantizado.
Ciudades que fallan
A la violencia y la contaminación se suma un tercer elemento que completa el cuadro: las fallas estructurales en los entornos urbanos: explosiones por acumulación de gas, incendios en zonas habitacionales, inundaciones por drenajes colapsados que no son hechos aislados; son síntomas de un sistema que no está funcionando.
La infraestructura envejecida, la supervisión deficiente y la corrupción en la construcción han creado ciudades vulnerables, donde cualquier descuido puede convertirse en tragedia y, lo más grave, es que estos incidentes suelen tratarse como accidentes inevitables, cuando en realidad son consecuencia directa de omisiones acumuladas; aquí tampoco hay prevención, solo reacción. Y cuando la reacción llega, suele ser tardía.
Lo realmente importante
Más allá de los titulares fragmentados, lo que se impone es una realidad más profunda y preocupante: el Estado de México vive una acumulación de crisis que no logra contener ni mucho menos resolver; la violencia que se normaliza, los problemas ambientales que se repiten y los incidentes urbanos que evidencian fallas estructurales no son fenómenos independientes, son piezas de un mismo rompecabezas.
Se trata de un estado que ha perdido la capacidad de ordenar su agenda pública, mientras tanto, lo urgente desplaza constantemente a lo importante, y en ese desplazamiento se diluyen las soluciones de fondo pues cada nueva crisis borra a la anterior sin resolverla, generando un efecto de saturación que termina por anestesiar tanto a la autoridad como a la ciudadanía.
La política, en lugar de anticipar y planear, se ha reducido a administrar contingencias y no existe visión de largo plazo, no hay estrategia integral, en el Estado de México, se gobierna al día, reaccionando a lo que estalla, a lo que arde, a lo que colapsa. Y en ese esquema, el margen para corregir el rumbo se reduce cada vez más.
Gobernar sin control
El problema no es sólo la suma de crisis, sino la incapacidad para controlarlas pues, cuando la violencia se vuelve cotidiana, la contaminación recurrente y los accidentes urbanos inevitables, lo que está en juego es la gobernabilidad misma y, estarán de acuerdo en que, cuando un estado que no puede garantizar seguridad, salud ambiental ni infraestructura confiable es un estado que comienza a perder legitimidad.
La narrativa oficial insiste en avances, en cifras que supuestamente reflejan mejoras, pero la experiencia diaria de los ciudadanos cuenta otra historia, una historia de incertidumbre, de desconfianza y de desgaste y la distancia entre el discurso y la realidad no sólo es evidente, es cada vez más difícil de sostener.
El costo de la indiferencia
La normalización es, quizá, el mayor triunfo de la ineficacia, cuando la sociedad deja de exigir porque asume que nada cambiará, el terreno queda libre para que las crisis se reproduzcan sin resistencia y ese es el riesgo actual: que la acumulación de problemas no sólo rebase a las autoridades, sino que también termine por vencer la capacidad de indignación colectiva.
Sin presión social, sin rendición de cuentas efectiva, la inercia se convierte en política pública y la inercia, en un contexto como el del Estado de México, es sinónimo de deterioro.
Un estado en pausa
Hoy, el Estado de México no enfrenta una crisis específica, enfrenta todas al mismo tiempo, lo más grave no es su existencia, sino la falta de una respuesta integral que permita salir de ese círculo vicioso. La entidad parece estar en pausa estratégica, reaccionando sin avanzar, conteniendo sin resolver.
La pregunta no es cuánto tiempo más podrán sostenerse estas condiciones, sino qué tan profundo será el costo cuando finalmente se reconozca que lo urgente ya no puede seguir desplazando a lo importante porque, en esa postergación constante, lo que realmente está en juego no es la agenda pública, sino la viabilidad misma de gobernar.
