Casi tres meses después de que dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieran la costa venezolana la noche del 24 de junio, la comunidad educativa de La Guaira volvió a las aulas cargando un duelo que todavía no cicatriza. En uno de los planteles más afectados, la matrícula cayó de más de 800 estudiantes a menos de cien, una caída que resume el tamaño del desplazamiento de familias y de las pérdidas humanas que dejó la tragedia en la región.
El fenómeno sísmico, descrito por expertos como el más intenso registrado en el país en más de un siglo, provocó un número de víctimas que las autoridades han corregido al alza semana tras semana, hasta superar los seis mil fallecidos y decenas de miles de heridos. Dentro del sistema educativo, el golpe fue especialmente duro: la red de colegios Fe y Alegría confirmó la muerte de al menos 31 estudiantes y un docente, la mayoría de ellos inscritos en un mismo plantel de Caraballeda. Más de cien edificaciones colapsaron en el estado y decenas de miles de familias perdieron su vivienda, lo que llevó a levantar numerosos campamentos temporales para alojar a los damnificados.
