Por Karina A. Rocha Priego
La soberanía hecha pedazos
México atraviesa uno de esos momentos donde el discurso oficial intenta sostener una realidad que hace tiempo comenzó a resquebrajarse, mientras desde el poder se insiste en repetir que el país mantiene control institucional y coordinación estratégica en materia de seguridad, los hechos exhiben algo muy distinto, un territorio atrapado entre el crimen organizado, la presión internacional y una narrativa gubernamental que cada vez convence menos.
La polémica detonada por la supuesta operación relacionada con la CIA en Tecámac no solo sacudió a la Federación, también dejó al descubierto el tamaño de la fragilidad política que vive el país, porque más allá de si existió o no participación extranjera directa, lo verdaderamente grave es que millones de mexicanos consideraron perfectamente posible que ocurriera, y eso ya representa una derrota monumental para el Estado mexicano.
Cuando un país llega al punto donde la población cree más factible una operación encubierta internacional que una explicación institucional clara, el problema no es mediático, es estructural, es el reflejo de un gobierno atrapado entre contradicciones, discursos triunfalistas y una violencia que se salió de control desde hace años.
El hecho de que la polémica estallara alrededor del Aeropuerto Internacional Felipe Ángeles vuelve todavía más delicado el escenario, porque el AIFA no es solamente un aeropuerto, es uno de los símbolos políticos más importantes del proyecto obradorista y de la continuidad que intenta construir el actual gobierno federal, por eso cualquier episodio de inseguridad, explosión o presunta infiltración criminal en esa zona tiene impacto nacional inmediato.
Y mientras desde Palacio Nacional se apresuran a negar cualquier intervención extranjera unilateral, la verdadera pregunta permanece intacta, ¿cómo llegó México a convertirse en un país donde una versión así resulta creíble?
La respuesta es incómoda, pero evidente, años de violencia imparable, regiones completas bajo dominio criminal, desapariciones masivas, extorsiones normalizadas y gobiernos obsesionados más con administrar percepción que con reconstruir instituciones.
El problema ya no es únicamente el crimen organizado, el problema es que el Estado perdió capacidad de generar confianza, y cuando eso ocurre, cualquier filtración internacional pesa más que una conferencia oficial.
Lo más preocupante es que la relación entre México y Estados Unidos comienza a entrar nuevamente en una etapa peligrosa, donde la seguridad nacional deja de ser cooperación y empieza a parecer intervención disfrazada de coordinación, porque Washington no observa a México como un aliado estable, lo observa como un territorio estratégicamente vulnerable, atravesado por cárteles, corrupción política y debilidad institucional.
Y mientras eso ocurre, aquí seguimos atrapados en discusiones propagandísticas, intentando convencer al país de que todo está bajo control, aunque los hechos griten exactamente lo contrario.
La tragedia nacional es brutal, México ya no discute cómo recuperar seguridad, ahora discute quién controla la narrativa de la inseguridad.
El Estado de México ya cayó en la guerra del 2027
En el Estado de México el panorama tampoco ofrece señales de estabilidad política, al contrario, la entidad más poblada del país comienza a hundirse prematuramente en la disputa por el poder rumbo al 2027, y lo más alarmante es que apenas ha transcurrido una parte del sexenio.
La sucesión ya contaminó al gobierno mexiquense
Se nota en los recorridos disfrazados de cercanía ciudadana, en funcionarios que abandonaron la prudencia institucional para iniciar posicionamientos personales, en operadores políticos que reaparecieron misteriosamente después de meses de silencio y en grupos internos de Morena que comenzaron a comportarse más como tribus electorales que como estructura de gobierno.
El problema es que mientras la clase política acelera campañas adelantadas, el Estado de México continúa acumulando crisis reales que siguen sin resolverse.
Hospitales saturados, inseguridad creciente, desapariciones, infraestructura colapsada, conflictos universitarios, feminicidios, extorsiones y municipios completamente rebasados por el deterioro urbano y social, esa es la verdadera fotografía mexiquense, no la propaganda institucional llena de eventos, sonrisas y mensajes de transformación.
La administración estatal corre el riesgo de repetir uno de los peores vicios del viejo régimen priista, convertir el aparato público en plataforma de promoción política antes de consolidar resultados de gobierno.
Y eso es particularmente peligroso en una entidad como el Estado de México, donde la ciudadanía tiene memoria larga respecto al uso faccioso del poder.
Resulta imposible no observar cómo distintos personajes comienzan a medir territorio político mientras las necesidades más urgentes permanecen abandonadas, algunos reaparecen en eventos populares, otros multiplican presencia mediática, varios intentan construir estructuras regionales y todos parecen moverse bajo la misma lógica, posicionarse antes de que Morena entre formalmente en la batalla por candidaturas.
La tragedia es que el gobierno todavía no logra consolidar una narrativa propia de eficacia administrativa y ya comenzó la disputa interna por la herencia política.
Eso revela ansiedad, desgaste prematuro y una peligrosa desconexión con la realidad social.
Porque mientras la élite política calcula encuestas y acomodos, millones de mexiquenses siguen atrapados entre miedo, precariedad y abandono institucional.
Ecatepec continúa siendo símbolo nacional de inseguridad, la crisis hídrica amenaza regiones enteras, el sistema de salud permanece bajo presión constante y las universidades públicas viven tensiones internas que evidencian ausencia de acuerdos reales.
Sin embargo, pareciera que la prioridad ya no es gobernar, sino sobrevivir políticamente hacia el siguiente proceso electoral.
Ese es el verdadero riesgo para Morena en el Estado de México, no la oposición debilitada, sino la intoxicación interna provocada por las ambiciones adelantadas.
La historia política mexiquense demuestra algo con claridad brutal, cuando los gobiernos comienzan a pensar más en sucesiones que en soluciones, el deterioro institucional se acelera de forma inevitable.
México y el Estado de México viven hoy la misma enfermedad política, gobiernos consumidos por la narrativa, por el cálculo electoral y por la obsesión del control mediático, mientras la realidad social avanza más rápido que cualquier discurso oficial.
Y cuando un gobierno pierde contacto con la realidad, tarde o temprano la realidad termina cobrándole la factura.
