* Días «libres» que cuestan caro a la educación……
Por Karina A. Rocha Priego
Otra vez, el calendario se estira hasta romperse; otra vez, el gobierno federal decide que el descanso pesa más que la formación, y otra vez, millones de estudiantes quedan atrapados en una pausa que no eligieron, ni necesitan, ni pueden darse el lujo de sostener, desde el viernes y hasta el martes 5 de mayo, las aulas se vacían, los contenidos se congelan, y el ciclo escolar, ya de por sí golpeado, pierde ritmo en el peor momento posible, cuando debería cerrar con intensidad, con evaluación, con consolidación de aprendizajes, no con abandono disfrazado de celebración.
Calendario roto, aprendizaje interrumpido
No se trata de un simple puente, no es una pausa inocente ni una concesión menor, es una señal clara de prioridades, una evidencia más de que la educación en México ha dejado de ser un eje estratégico para convertirse en una variable flexible, sacrificable, manipulable según la conveniencia política, mientras se insiste en discursos triunfalistas, en cifras maquilladas, en reformas que prometen mucho y entregan poco, la realidad en las escuelas es otra, es fragmentación, es rezago, es improvisación constante.
Y en ese contexto, estos días de asueto no ayudan, al contrario, profundizan el problema, lo agravan en silencio, lo normalizan, porque cada jornada sin clases es tiempo perdido, es contenido que no se recupera, es aprendizaje que se diluye, es disciplina que se rompe, y no, no todos los estudiantes tienen acceso a alternativas educativas en casa, no todos cuentan con acompañamiento, con recursos, con entornos que permitan sostener el ritmo académico, para muchos, la escuela es el único espacio de formación estructurada, y quitarles días es condenarlos a más desigualdad.
Ocio institucional, política disfrazada
Pero el mensaje no termina ahí, porque mientras se suspenden clases, el propio gobierno invita a la población a ocupar espacios recreativos, a consumir dentro de su propia oferta institucional, a «quedarse en casa», como si el ocio organizado fuera una política pública suficiente, como si la recreación sustituyera la educación, como si el descanso pudiera compensar el vacío que deja la falta de formación, y en ese discurso, se desliza una idea peligrosa, la de un ciudadano pasivo, entretenido, contenido, más preocupado por aprovechar el día libre que por cuestionar lo que pierde.
Se construye así una dinámica perversa, donde el tiempo se administra no en función del desarrollo, sino del control, donde se privilegia la distracción sobre el pensamiento crítico, donde se fomenta una cultura de la pausa constante, del mínimo esfuerzo, de la expectativa permanente de descanso, mientras los problemas estructurales se acumulan sin respuesta, porque es más fácil repartir días libres que garantizar calidad educativa, es más sencillo organizar eventos que fortalecer aulas, es más rentable políticamente ofrecer entretenimiento que exigir resultados.
El sistema que no resiste más pausas
Y sí, hay quien defiende estos puentes, quien los celebra, quien los justifica bajo argumentos de bienestar, de convivencia familiar, de reactivación económica local, pero esa visión ignora el contexto, omite la realidad de un sistema educativo que ya arrastra déficits graves, que enfrenta rezagos históricos, que lidia con carencias materiales, con brechas digitales, con abandono escolar, con una pérdida sostenida de aprendizajes, y en ese escenario, cada día cuenta, cada hora importa, cada interrupción pesa.
No es exagerado decir que la educación en México atraviesa una crisis profunda, no lo es afirmar que las decisiones administrativas tienen impacto directo en el futuro de millones de niños jóvenes, ni lo es cuestionar un calendario que parece diseñado más para la comodidad que para la eficacia, porque cuando se multiplican los días sin clase, cuando se normalizan los cortes en el proceso educativo, cuando se minimiza el valor del tiempo en el aula, lo que se está haciendo es debilitar aún más un sistema que debería ser prioridad nacional.
Ignorancia funcional, terreno fértil
Más preocupante aún es el trasfondo ideológico que algunos perciben en estas decisiones, la idea de que un pueblo menos educado es más fácil de administrar, menos propenso a cuestionar, más dispuesto a aceptar, más dependiente de lo que se le ofrece, más cómodo en la inercia que en la exigencia, una visión que, de ser cierta, no solo es alarmante, es profundamente peligrosa para cualquier democracia que aspire a sostenerse en ciudadanos informados, críticos, participativos.
Porque un país que renuncia a la educación como prioridad, es un país que renuncia a su futuro, que limita su capacidad de innovación, que reduce su competitividad, que debilita su tejido social, y que, en última instancia, compromete su soberanía, no desde el discurso, sino desde la realidad cotidiana de millones que no reciben las herramientas necesarias para comprender, para decidir, para defender lo que es suyo.
Así, estos días de asueto no son solo un descanso extendido, son un síntoma, una alerta, una muestra más de que algo no está funcionando como debería, y que las decisiones que parecen menores tienen consecuencias profundas, porque mientras se multiplican los puentes, se ensanchan también las brechas, y mientras se celebran los días libres, se pierde, silenciosamente, el tiempo que no volverá.
El problema no es el descanso, es el exceso, es la falta de equilibrio, es la ausencia de una estrategia clara que ponga a la educación en el centro, no en la periferia, porque si el calendario sigue fragmentándose, si las aulas siguen vaciándose, si el aprendizaje sigue postergándose, lo que está en juego no es solo un ciclo escolar, es el rumbo mismo del país, y eso, por más que se intente disfrazar, no se compensa con ningún puente, ni con ningún evento, ni con ninguna invitación a pasar el día en espacios públicos, porque lo que se pierde en las aulas, se paga, tarde o temprano, en la realidad de todos.
Desgraciadamente, esa estrategia adoptada por el Gobierno federal y que se extiende a todos los Estados de la República, lo único que deja es más ignorancia, más incapacidad para producir, más mendicidad, ésa, que duerme a las puertas del Palacio Nacional.
