Edomex, entre cifras que no salvan vidas

* Discursos triunfalistas y una violencia persistente, la realidad mexiquense desmiente al poder……

Por Karina A. Rocha Priego

El Estado de México no enfrenta un problema de percepción, enfrenta un colapso sostenido que ha sido maquillado con cifras, discursos y promesas recicladas, un territorio donde la violencia dejó de ser un fenómeno excepcional para convertirse en una constante que atraviesa la vida cotidiana, mientras el poder insiste en construir una narrativa paralela donde todo parece mejorar, aunque la evidencia apunte exactamente en sentido contrario.

Encabezar los homicidios a nivel nacional no es un logro estadístico incómodo, es un fracaso estructural que ninguna estrategia puede ocultar, treinta asesinatos en una sola semana no son una cifra aislada, son el reflejo de un sistema de seguridad que no contiene, que no previene, que apenas reacciona cuando el daño ya está hecho, y que aun así pretende presentarse como eficaz.

El maquillaje como política pública

Lo más preocupante no es la existencia de cifras optimistas, es su uso como herramienta de encubrimiento, reducciones espectaculares en delitos que contrastan con la experiencia diaria de quienes viven con miedo, porcentajes que prometen avances mientras las calles cuentan otra historia, una donde el delito no desaparece, sólo cambia de forma o de registro.

La estadística se ha convertido en el nuevo lenguaje del poder, uno que busca imponer una versión conveniente de la realidad, donde los números sustituyen a las víctimas y las gráficas intentan borrar la violencia, pero la vida cotidiana no se mide en porcentajes, se mide en la posibilidad de salir sin miedo, de no convertirse en cifra, de no engrosar la lista que después será reinterpretada en un boletín.

La fractura entre gobierno y sociedad

Existe una distancia cada vez más evidente entre lo que el gobierno dice y lo que la gente vive, una ruptura que no puede explicarse como percepción, porque la percepción no asesina, no desaparece, no violenta, lo que ocurre es real, tangible, constante y, sin embargo, es minimizado desde el discurso oficial.

Esa fractura no sólo erosiona la credibilidad institucional, la destruye, porque cuando la autoridad insiste en negar o matizar la crisis, lo que transmite no es confianza, es desconexión, es la sensación de que el problema no está siendo atendido, sino administrado para que no genere costos políticos.

Feminicidio, la deuda que se esquiva

Si hay un indicador que revela la profundidad del fracaso institucional es el feminicidio, una violencia que no ha cedido, que no ha sido contenida, que sigue creciendo bajo la sombra de estrategias anunciadas pero no ejecutadas, de planes que existen en el papel, pero no en la realidad.

Hablar de acciones inéditas sin explicar su alcance, sin detallar sus mecanismos, sin establecer rutas claras, es una forma de evasión política, porque en un tema donde lo que está en juego es la vida de las mujeres, la ambigüedad no es neutral, es complicidad, es permitir que la violencia continúe mientras se construye una narrativa de atención.

Cada estrategia sin resultados no es sólo un fracaso técnico, es una forma de violencia institucional, una que no aparece en las estadísticas, pero que pesa en la desconfianza social, en la indignación colectiva, en la certeza de que el problema sigue sin ser prioridad real.

Éxitos mediáticos, fracasos estructurales

Mientras a nivel nacional se presumen operativos exitosos, rescates de alto impacto y acciones coordinadas que muestran capacidad institucional, a nivel local la realidad es otra, colonias enteras viven en abandono, municipios rebasados, policías insuficientes, sistemas de prevención inexistentes.

La seguridad se ha convertido en un ejercicio de selección, donde se atienden los casos que generan visibilidad y se relegan aquellos que forman parte de la violencia cotidiana, esa que no ocupa titulares, pero que define la vida de millones, una lógica que privilegia el espectáculo sobre la solución.

La pregunta es inevitable, ¿cómo es posible que exista eficacia fuera del territorio y fracaso dentro de él?, la respuesta apunta a una verdad incómoda, no se trata de incapacidad total, se trata de prioridades, y la prioridad no parece ser la seguridad cotidiana de la población.

Modelo que normaliza la contradicción

El Estado de México opera bajo un modelo donde la contradicción no sólo es tolerada, es funcional, se puede encabezar homicidios y al mismo tiempo presumir resultados, se puede acumular violencia y hablar de avances históricos, se puede construir una narrativa de éxito en medio del fracaso.

Ese modelo se sostiene en la repetición del discurso, en la saturación de cifras, en la esperanza de que la percepción termine por alinearse con la versión oficial, pero lo que ocurre en realidad es lo contrario, la distancia crece, la credibilidad se rompe, la desconfianza se instala.

La violencia como autoridad de facto

En ese vacío institucional, en esa distancia entre discurso y realidad, la violencia encuentra el espacio perfecto para consolidarse, no necesita legitimidad, no necesita narrativa, sólo necesita ausencia de control, y eso es precisamente lo que encuentra.

Cuando la ciudadanía modifica su conducta por miedo, cuando limita sus movimientos, cuando normaliza el riesgo como parte de la vida diaria, entonces queda claro quién ejerce el poder real, no es el Estado, es la violencia.

El problema no es sólo que exista, es que se ha vuelto predecible, constante, administrada, integrada al funcionamiento cotidiano de un territorio que ha aprendido a convivir con ella porque no tiene alternativa.

La disyuntiva que el poder evita

Hoy el Estado de México enfrenta una decisión que ha pospuesto durante años, reconocer la magnitud de la crisis o seguir administrando la narrativa, asumir el costo político de la verdad o mantener la comodidad de la simulación, apostar por resultados reales o por discursos que ya no convencen.

En este escenario, el mayor riesgo no es que la violencia continúe, es que deje de sorprender, que se vuelva paisaje, que termine por aceptarse como parte inevitable de la realidad, porque cuando eso ocurre, cuando la sociedad deja de exigir y el poder deja de responder, entonces la crisis deja de ser coyuntural y se convierte en destino y eso, queridos lectores, ¡ya está sucediendo!.

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